“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Con estas palabras antes de ascender al Cielo, Jesús anuncia a los apóstoles el cumplimiento de lo que Dios había prometido a través de los profetas: “derramaré mi espíritu sobre toda carne» (Jl 3,1) y «pondré mi ley en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 31,33). Es también lo que el mismo Jesús había prometido a sus discípulos: «yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16) y “cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Estas promesas y muchas más que figuran en el Antiguo Testamento y en los Evangelios, Dios las cumple diez días después de la ascensión de Jesús al Cielo, cuando estando reunidos los apóstoles vieron aparecer unas como llamaradas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos y quedaron todos llenos del Espíritu Santo (Hch 2,1-4).
Explicando este acontecimiento el papa san León Magno dice que, así como cincuenta días después de haber liberado al pueblo de Israel de la esclavitud del faraón de Egipto, Dios le entregó las tablas de la Ley, es decir los diez mandamientos, también cincuenta días después de la resurrección de Jesús Dios envió su Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente para liberarla de la esclavitud del pecado, ahuyentar las antiguas tinieblas del mal y hacer resonar la trompeta del Evangelio en todos los pueblos (Sermón 75). “Recibieron un fuego que no quema, sino que es salvador, que consume las espinas de los pecados y da luminosidad al alma” (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 17). Es el acontecimiento que los cristianos conocemos como Pentecostés y celebramos cada año con la certeza de que también en el aquí y ahora de nuestra vida Dios nos enviará el Espíritu Santo con la intensidad propia de esta fiesta y se repetirá en nosotros lo que sucedió a los primeros cristianos: “quedaron revestidos en alma y cuerpo de una vestidura divina y salvadora” (Ibid.).
En Pentecostés Dios ya no nos entrega la Ley escrita en tablas de piedra, como lo hizo con Israel en el Sinaí y éste no pudo cumplirla, sino que ahora, a través del Espíritu Santo que viene a habitar en nosotros, Dios nos da la Ley cumplida en Jesucristo y la pone en nuestros corazones, es decir en lo profundo de nuestro ser. Dicho de otra manera, a través del don del Espíritu Santo somos como revestidos de la misma vida divina y, así, quedamos capacitados para cumplir la Ley en su plenitud: esos diez mandamientos que se sintetizan en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, respecto a lo cual Jesús dice en el Evangelio: «haz esto y vivirás» (Lc 10,27-28), es decir, tendrás vida eterna; porque, así como el pecado lleva a la muerte (Rm 5,12; St 1, 15), el Espíritu Santo nos lleva a la resurrección (Rm 8,11).
Pidámosle al Señor el Espíritu Santo, con la seguridad de que, como dice Jesús en el Evangelio: «si ustedes que son malos saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13).