Resulta curioso observar la manera en que personas sin formación especializada en ciencia política, sociología o ciencias sociales se autodenominan “analistas políticos” y opinan con autoridad sobre coyunturas políticas complejas. Por ejemplo, estos supuestos analistas han cuestionado la decisión de
Roberto Sánchez de presentar un nuevo plan de gobierno en la segunda vuelta, acusándolo de actuar por intereses meramente electorales. Pero, ¿qué otra finalidad podría tener un candidato presidencial? Su objetivo, como el de cualquier partido en contienda, es obtener los votos necesarios para ganar. Pretender lo contrario revela un desconocimiento profundo de la política práctica y de la lógica misma de la competencia democrática.
El cambio en la propuesta de Sánchez no es una “traición” ni una “contradicción”, sino una respuesta estratégica a un escenario distinto. En la primera vuelta apenas alcanzó el 12% de respaldo, cifra insuficiente para aspirar a la presidencia. En la segunda vuelta, el contexto exige construir consensos y tender puentes hacia otras fuerzas políticas. Solo así puede garantizarse una mínima gobernabilidad durante los próximos cinco años. Replantear propuestas, incorporar demandas de otros sectores y abrir espacios de diálogo no es claudicar a sus principios, sino reconocer la manera en que la política real funciona.
Por otro lado, la señora Keiko Fujimori mantiene una postura rígida, sin modificaciones ni intentos de consenso. Parece confiar en que el 17% obtenido en la primera vuelta le bastará para imponerse, lo cual evidencia sus pocas cualidades de líder. La política también se trata de articular voluntades y construir acuerdos. La incapacidad de Fujimori para dialogar incluso dentro de la propia DBA refleja un estilo autoritario que se repite en cada proceso electoral, desde hace 20 años.
El consenso, en esencia, implica reconocer que uno no posee la verdad absoluta y que siempre existe la posibilidad de estar equivocado. Esa actitud de apertura es indispensable en democracia, pero no parece formar parte del repertorio de Fujimori. Su carácter impositivo y autoritario vuelve a manifestarse, reafirmando una forma de hacer política que privilegia la imposición sobre el diálogo.
Mientras Sánchez evidencia liderazgo y talante democrático, adaptando su propuesta para responder a una nueva coyuntura y buscando ampliar su base de apoyo, Fujimori insiste en una estrategia cerrada y excluyente. La diferencia entre ambos no radica en la “coherencia” o la “traición”, sino en la capacidad de comprender que la política, en democracia, es negociación, construcción colectiva y búsqueda de gobernabilidad.